Ahora me doy cuenta de que esto es ridículo, pero durante muchos años sentí que era lo correcto. Con los años la fui conociendo mejor, por supuesto. Me fui sintiendo más cerca suyo con lo años. La fui amando más, con los años. Todo eso es cierto. Y de alguna manera me convencí a mí misma de que eso significaba que la relación iba mejorando.
Todo lo que he contado hasta ahora sucedió en el primer año de nuestra pareja. La relación entre nosotras duró 11 años. La violencia se fue haciendo cada vez peor, como dicen los libros. Se volvió más frecuente. Cada vez era algo más insignificante lo que la desencadenaba. Yo podía sentirla venir. Ella comenzó a atacarme verbal y físicamente delante de otras personas. Mis moretones se hicieron más grandes. Siempre me pidió perdón, después. Siempre me prometió que nunca iba a volver a hacerlo. Después de haberme atacado y pedido perdón, venía una época más tranquila que duraba cierto tiempo. No es que fuera maravilloso, sólo era más tranquila. Pero esas épocas más tranquilas se fueron haciendo más breves y más escasas.
Han pasado dos años. Me siento bien. Ni un solo plato roto. Ni un solo moretón. Ningún objeto volador. Mi perra que cada vez que empezaba una pelea se ponía a temblar y a aullar ahora se ha convertido en un animal plácido, cálido, confiado. Pero es cierto que cuando vienen amigas y nos reímos en voz alta, ella se agita y se muestra asustada.
Ahora veo que pasé esos 11 años caminando en puntas de pie alrededor de Sue, intentando evitar todo y cualquier cosa que pudiera hacerla infeliz. Me aislé de mi familia. Toleré sus ataques racistas y clasistas contra mi familia. Fui amistosa con las personas que ella quería e interrumpí el contacto con las que no les gustaban. Todas nuestras amigas eran en común. Ninguna era realmente mía. En esos 11 años, dos veces intenté hacerme de nuevas amigas en el trabajo. Cuando las llevé a mi casa, Sue tuvo una actitud odiosa. Me desvalorizó. La situación fue demasiado vergonzosa y yo no supe manejarla. Finalmente, dejé que fuera ella quien eligiera nuestras amigas. La ironía es que las personas que fueron amigas nuestras durante 11 años fueron básicamente conocidas mías de antes, amigas mías muy cercanas. Si a ella le caían bien, se convertían en amigas de las dos. Si a ella no le gustaban, tenían que desaparecer. Lo extraño s que ahora, 2 años después de nuestra separación, esas mujeres que originalmente habían sido amigas mías ya no quieren vernos a ninguna de las dos. Sue destruyó mi relación con ellas.
Supongo que el otro motivo por el cual yo no soy ya amiga de estas mujeres es porque ellas no saben cómo manejarse con la ruptura de nuestra relación. Nos conocían como “la pareja perfecta”. Muchas mujeres de otros Estados venían a parar a nuestra casa para descubrir dónde estaba la magia de la maravillosa vida que compartíamos. ¿No les parece una locura? Pero es cierto. Por eso, ahora no saben qué hacer frente a la ruptura. Las que se dieron cuenta de la violencia no supieron y aún no saben qué hacer con eso. De alguna manera ser amiga mía es tomar partido y eso produce demasiado miedo. Ellas no saben cuales pueden ser las consecuencias. Sue es una persona muy fuerte. Es muy inteligente, brillante, ingeniosa. Es una profesional valorada. Es poderosa y tiene mucho carisma. Siempre parece capaz de tomar el control, se encuentre en la situación que sea. Cuando quiere, puede ser muy encantadora y solícita. Y yo soy básicamente ese tipo de persona tranquila, reservada, suave, amorosa. Para la mayoría de la gente elegir entre nosotras dos requiere de una gran dosis de coraje. Sé que puede sonar extraño, pero yo realmente creo que le tienen miedo.
A mi me llevó mucho tiempo poder reconocer que fui víctima de maltrato físico y emocional en esta relación. ¿Cómo podés ser una víctima si le pusiste el ojo negro a la otra? ¿Cómo podés ser una víctima si sos más fuerte que la otra persona?
Yo pienso que sos una víctima si sos la que siempre trata de evitar las peleas. Pienso que sos una víctima si te pasás la vida andando en puntas de pie alrededor de la otra para evitar cualquier controversia o frustración. Pienso que sos víctima si te quedás callada para frenar o detener la violencia de la otra persona. Pienso que sos víctima si pedís perdón por haber actuado mal aún cuando sinceramente no creés haberlo hecho, pero pedir perdón te parece la mejor manera de pacificarla y de detener una pelea. Creo que sos víctima cuando comenzás a estar de acuerdo con la otra en que lo que ella dice es la verdad aún cuando vos sabés que objetivamente es mentira. Pienso que sos víctima cuando comenzás a sentir que te estás volviendo loca porque entendiste claramente que la otra te dijo “A” y ella insiste, ofendida e indignada en que te dijo “B” y que sos vos quién entendió mal. Pienso que sos una víctima cuando empezás a hacer cosas que son autodestructivas en respuesta a la furia y al maltrato de la otra persona. Pienso que sos víctima cuando abandonás tu persona, tus sueños, tus actividades, tus placeres, para complacer a la otra persona.
Pero yo sé que soy una sobreviviente. Me defendí cuando ella podría haberme matado. Le pedí que saliera de mi vida cuando temí llegar a matarla. Soy una sobreviviente porque la nenita que se enamoró de Sue al principio –una criatura que no sabía nada, que no podía nada y que dudaba de sí misma– maduró y se convirtió en un mujer de pensamientos claros, que confía en sí misma y es fuerte. Todo esto sucedió aún viviendo con Sue bajo las circunstancias más adversas y violentas. Soy una sobreviviente porque peleé con todo mi ser para hacer de esa relación algo durable, valioso, respetable, pleno de confianza: el tipo de relación que yo quería. Soy una sobreviviente porque aunque sé que todavía la amo, la he eliminado completamente de mi vida. Reconozco que nada bueno puede pasar entre nosotras; que involucrarla en mi vida, al nivel que sea, no es más que abrirle de nuevo la puerta a toda esa violencia, esa furia, esas turbulencias. Soy una sobreviviente porque me quiero a mi misma y por lo general soy tranquila y paciente conmigo misma y con otras personas, me gusta cuidar a la gente y casi no siento la necesidad de ejercer control sobre nadie.
Ahora tengo otra pareja. No hemos tenido peleas, ni violencia y tal vez unas cinco discusiones. Ninguna de las dos es perfecta pero es bastante claro entre las dos que cuando una está de mal humor la otra no tiene por qué soportar la carga de esa irritación ya sea verbal o físicamente. La que está de mal humor suele confinarse en una habitación para que la otra no tenga que soportarla. La presión de tener siempre razón o de demostrar que la otra está equivocada no existe. Somos dos personas diferentes. Cada una tiene sus habilidades y destrezas específicas. En general, no se superponen. No competimos a ver quién es la profesional más exitosa. Ninguna de las dos siente la necesidad de controlar a la otra. Siempre somos respetuosas. En cierta medida, esto ha sido más fácil porque las dos somos adultas que nos hemos encontrado después de los 35 años, cuando ya sabemos bien quiénes somos, tenemos expectativas limitadas acerca de la otra y sabemos muy bien lo que una relación puede aportar en la vida de una personas y lo que no. Es claro que la madurez ayuda a que esta segunda relación funcione. Pero la madurez en sí misma no es la causa de la falta de violencia. Las dos estamos comprometidas para no permitir que entre la violencia en esta relación. Ni en lo verbal, ni en lo físico, ni en lo emocional ni en lo espiritual.
A veces imagino qué diferente hubiera sido mi vida si hubiera habido una comunidad que dijera que el maltrato entre lesbianas es violencia en serio, no una pelea inocente entre personas cercanas. A veces imagino qué diferente hubiera sido par mí las cosas si me hubiera sentido menos sola y menos avergonzada. Las sobrevivientes del maltrato entre lesbianas debemos hablar ahora, por nosotras mismas y por nuestras hermanas.
1. Este texto pertenece al libro Naming the Violence; speaking out about lesbian battering, Kerry Lobel edit., The Seal Press, Seatle, EEUU, 1986. Traducción de Alejandra Sardá, julio de 1995.
2. Es escultura, pintora y ceramista y militante del movimiento de mujeres maltratadas. Es una mujer de campo y madre de Travis, que es dulce y travieso. Se reconoce como lesbiana desde que era adolescente. Coordina el Programa de Mujeres en Crisis en Berk, Pensilvania y en ese trabajo está comprometida con lograr que todas las mujeres maltratadas se fortalezcan. Una de las mayores alegrías que ese trabajo le depara es la de apoyar a las niñas y niños y facilitar alianzas entre las mujeres maltratadas y sus criaturas.
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2. Una forma de decir (*)
Escrito por Mary Louise Addams
Ahora no puedo pensar con qué frecuencia sucedía, pero durante meses su regularidad me señaló el paso del tiempo. Cuatro o cinco días de calma y yo ya sabía que tenía que empezar a esperar que ella lo hiciera. Y yo esperaba, poniéndome más ansiosa, más intranquila, a medida que el tiempo pasaba. Casi llegué a darle la bienvenida a la violencia como alivio de la tensión. En quince minutos todo estaba terminado. Ella era de nuevo cálida y cuidadosa, me acariciaba la frente, me secaba las lágrimas, me prometía que eso nunca iba a volver a pasar. Yo me obligaba a creerle.
Hace casi dos semanas que dejé el departamento y me mudé a casa de Abby. Conozco a Abby Goldman desde que tengo casi tres días de vida. Mi madre y la suya eran mejores amigas y nosotras continuamos la tradición, compañeras constantes durante veinte años. Desde que me asumí hemos pasado menos tiempo juntas pero en momentos de tembladeral emotivo todavía corremos a brindarnos mutuamente una oreja que confiamos será sin prejuicios. Sin ella, es probable que yo hubiera vuelto con Helen hace ya días.
Una sola vez volvió al departamento desde que me fui. Abby me trajo para que pudiera llevarme algo de ropa. Ella tocó el portero eléctrico para estar seguras de que Helen no estaba y me apuró todo el tiempo sin que yo pudiera reflexionar acerca de lo que estábamos haciendo. Ahora que estoy aquí, sin Abby, me muevo con lentitud, recordándome cada tanto a mí misma qué es lo que estoy haciendo, confrontando las grietas que hay en mi decisión.
Helen está en su trabajo. Abby me trajo esta mañana para que organizara mis cosas, hiciera los bolsos y me fuera. Ella quiere que yo esté un poco sola, pero va a volver a la tarde. Le dejé la llave del departamento de Helen por si pasa algo.
EL living y la cocina son lo más fácil y lo menos doloroso así que me ocupo de ellos primero. Dejo el dormitorio para el final, para no empezar el día hundiéndome en el llanto y los recuerdos. Trato de calmarme siendo eficiente, acomodando las cajas en pilas bien prolijas, las más chicas en el rincón al lado de la cama, las grandes al lado del armario, las más viejas y baqueteadas junto a la puerta de servicio. Pero sigo sintiendo tan fuerte en esta habitación. A todo le adoso recuerdos de ella: la alfombra que le regalé para su cumpleaños, los estantes que ella construyó, sus libros, su ropa, una foto de las dos sobre su escritorio. En esa foro estamos sentadas en el porche de la casa de su madre y su padre, sonrientes, tocándonos, obviamente enamoradas. Qué apropiadas resultaban mis mangas largas para cubrirme los moretones que tenía en el brazo. Una pareja tan feliz.
Tuve algunas relaciones antes de Helen, todas divertidas, todas breves. Yo era una lesbiana militante, no del todo pública, que vivía en una pequeña ciudad de Notario. En total conocería unas siete tortas, una de las cuales invitó a Helen a una fiersta. Ella se fijo en mi de inmediato.
Helen era un personaje imponente en nuestro pequeño grupo. Adornada con pañuelos, brazaletes y collares de cuentas, movía su cuerpo delgado con mucha gracia, sintiéndome como en su casa al ser el centro de la atención. Su pareja acababa de dejarla, pero mostraba pocos signos del dolor o el retraimiento que suelen seguir a una ruptura. Mientras coqueteaba conmigo yo me maravillé de su compostura.
Cuatro semanas después yo estaba inundada por sus actos de seducción: notitas eróticas, flores cortadas, comidas soberbias. Como nunca antes sentí la satisfacción de ser deseada. Pronto nos enamoramos y después de tres meses de romance apasionado nos fuimos a vivir juntas. Las cosas cambiaron.
Ahora sé que tuve algunos avisos de lo que iba a suceder. Pero mis ojos estaban nublados por el amor y no pude verlo venir. Momentos en los que estaba tan frustrada que “podría haberme pegado”, lo que yo tomaba como una forma de decir. Pero la primera vez que sus hermosos ojos verdes se volvieron de piedra y todo su cuerpo se tensionó a mi lado yo sentí que el miedo se alojaba en mi estómago.
Trato de irme pero entre su cuerpo y la pared no hay adónde ir, entonces siento su mano sobre mi garganta, su peso que rueda sobre mí, clavándome bajo la suavidad de sus pechos, la insultante línea de su vientre. Mientras lucho, me recorre la clavícula con la punta de los dedos. No puedo con su fuerza y con su rabia. Aún así, educada hijita de mi mamá, no emito sonido alguno, para no despertar a la mujer que duerme abajo, ni me voy cuando ella por fin se calma y se duerme, de cara a la pared.
Pasó el resto de la noche aterrada y con frío, en cuclillas al costado de la cama, Mis piernas no me llevan así que me quedo, sin ropa ni mantas, observando cómo duerme Helen. Su cara se ablanda de una manera hermosa iluminada por la luz que viene de la calle. Sus manos apenas si sostienen la sábana debajo de su mentón, las florcitas rosas formando racimos alrededor de sus pechos. Se la ve vulnerable y me siento atraída hacia ella.
En la mañana me deslizo junto a ella y hago la prueba de tocarla con una mano. Me sorprende la familiaridad de su textura. Cuando se agita retrocedo, por que no sé que esperar; llora y la abrazo con cierta precaución. Con qué facilidad sus lágrimas hacen que yo borre de mi memoria la noche pasada. Qué difícil igualarla a ella, con pelo salado sobre mis pechos, con la mujer que me golpeó en el vientre desnudo con el puño bien cerrado. ¿Habrá estado soñando? Con el rabillo del ojo puedo ver los moretones que tengo en ambos hombros.
El cajón de debajo de mi escritorio está lleno de cartas que he guardado durante años. Si tuviera más tiempo haría un paquete con las que quiero conservar y las ataría con una cinta de colores. Las de Helen las voy a dejar sobre su almohada. No me imagino lo que va a hacer con ellas, cómo se va a sentir cuando entre a nuestra habitación y vea que me he llevado mis cosas. Quiero imaginármela solo y sufriendo pero la imagen no se mantiene, no es el estilo de Helen.
Todavía no me puedo imaginar en qué pensaba cuando me marcaba con su rabia, cuando.., cuando..., las palabras para describirlo no me salen, se me quedan en la garganta. Soy incapaz de pronunciarlas. Ahora trato de convencerme de que fueron mi fuerza y mi determinación las que la llevaron a eso, negándome a creer que me vio maleable o débil, fácil de domesticar. Pero sí que me domesticó. No pude dormir. Me volví callada, vergonzosa. Mi inseguridad se intensificó a medida que fui perdiendo contacto con mis amigas. ¿Lo habrá notado? En su mente nosotras éramos apasionadas, íntimas, absortas la una en la otra; no necesitábamos a nadie más. Helen acariciaba ideas románticas acerca de nuestro feliz aislamiento, convenciéndome de que me bastaba amarla para sentirme completa.
Cuando se lo pregunté, me dijo que no le gustaban mis amigas, que eran aburridas porque siempre hablaban de política. Ella muy pocas veces condescendía a pasar un momento con ellas y fabricaba planes muy elaborados para eludirlas, ocaciones especiales sólo para dos. Eventualmente, mis amigas dejaron de llamar.
Al poco tiempo de haberme ido a vivir con Helen vi a una de mis escamantes, Sylvie. Ella se había ido a otra ciudad para estudiar y nos habíamos ido alejando. Cuando vino a pasar un fin de semana aquí traté de hablarle de Helen, de contarle lo que estaba pasando, con mis lastimaduras y moretones como prueba. Necesitaba alguien con quien poder hablar. Después de una larga pausa, Sylvie me cambió de tema y se concentró en uno más alegre. Y como ella nunca lo volvió a mencionar, yo hice lo mismo: no se lo volvió a decir a nadie hasta la noche que fui a casa de Abby.
Helen duerme mientras yo estoy aquí despierta, sin atreverme siquiera a tomar un libro por miedo a que el ruido de las páginas la despierte. Miro los árboles por la ventana que está junto al placar y escucho el movimiento inalterado de su respiración. Le toco apenas los pelitos de la espalda esperando que abra los ojos y gire hacia mi. Como anoche nos peleamos, mi espera está llena de expectativas. Necesito estar con ella. Imagino una y otra vez las palabras que me va a decir, las excusas que me va a presentar, los besos que va a depositar con todo cuidado sobre mi mejilla. “Mi amor, lo siento tanto, sabés que no quise hacerte daño. No quise. Fue algo que pasó. No pude contenerme. Lo siento mucho. Yo sé que me creés. Dejame abrazarte. Me voy a portar mejor. Lo siento. Perdonáme. Lo siento ¿Todavía me amás? Es la última vez te lo prometo. La ultima vez. Te amo ¿Te lastimé? Lo siento. Lo siento tanto. Es la última ves”. Ella se va a despertar, arrepentida, y va a hacer que todo sea mejor.
Pocas veces sucedió de esa manera. Helen muchas veces me dijo que no se acordaba. Yo muchas veces no me preocupé por recordárselo. No quería que se enojara. Es tan difícil creer que yo no quería hacerla enojar. Una buena medida de su éxito.
Hablamos y ella se pone triste, pide perdón. Me acaricia la cara, el cuello, aprieta los labios contra mi mejilla. Mezclando sus lágrimas con las mías, me susurra su afecto por mí y como todas las otras veces, me hace el amor, lenta y suavemente, su regalo para darme seguridad. Aferrada a ella trato de convencerme que, si tengo el suficiente cuidado, la suficiente paciencia, ella va a cambiar.
Nunca llegué a pensar que era culpa mía, pero sí pensé que de alguna manera la única que podía terminar con eso era yo.
Sentada en cuclillas en este piso de madera, imagino a Helen que entra en la habitación, se sienta en la cama y me mira mientras guardo mis cosas. Siento sus ojos sobre mí, como los he sentido antes, siguiéndome por la habitación, siguiéndome apenas cruzo la puerta, siguiéndome cuando me aparto de ella en una fiesta. Sus miradas tienen peso. Son suaves y hacen sentir bien cuando hacemos el amor, me inmovilizan y me aplastan cuando mi cuerpo absorbe su rabia.
Me dije a mi misma que ella estaba enferma, que le pasaba algo malo, que necesitaba de mi protección contra lo que fuera que la había hecho lastimarme. Yo era tan ingenua, una torta todavía no endurecida, fascinada con las mujeres, un blanco fácil para ella. Mi ideología era simple e inflexible, tenía problemas. Los hombres golpeaban, las mujeres no. Ella no me estaba maltratando, tenía problemas. Ella era una mujer cálida, llena de amor y me adoraba. Ella era una lesbiana y las lesbianas se tratan de manera igualitaria. Dan y toman. Elaboran juntas los problemas. Son suaves. No tratan de estrangular a sus parejas.
La última vez que la ví fue un martes. Había pasado una semana desde su última furia y ya era momento de la siguiente. Yo había pasado toda la tarde sola en casa, nerviosa, aterrada frente a la posibilidad de que ella volviera.
Y finalmente vuelve. Me hago la dormida pero me empuja con fuerza cuando se sienta en la cama para desvestirse. Es difícil ignorar su llegada. Al registrar mi ansiedad sonríe y se inclina a besarme en la mejilla de manera extraña. Su aliento a alcohol me repele y me doy vuelta, arropándome con las mantas, recordándome que esta vez he decidido enfrentarla. Ella se derrumba en la cama y yo me tensiono, anticipando los golpes.
No hay ninguno. Me doy vuelta y la veo dormida, profundamente. Trato de sacudirla para que se despierte, para que resuelva su furia, para que se termine la tensión que me ha tenido todo el día jadeando como un perro con sed. Quiero terminar con esto, terminar con ella. Verla dormida tan tranquila me hace temblar. El sonido de su respiración me aporrea los oídos y salgo corriendo de la habitación. Final resumido: camino a zancadas para calmarme, diciéndome al mismo ritmo de mis pasos: “Quiso lastimarme y no pudo. Quiso...” No puedo controlarme y las palabras vienen una y otra vez. Llamo a Abby, la despierto, le digo que voy para allá. Me visto en silencio, me llevo mi cartera y mi diario y me voy. Abby me espera en la puerta de su casa.
Cuanto más tiempo paso acá más temo que Helen vuelva. Me duele el cuerpo por la tensión. Hay ruido afuera, en el hall. Son las cañerías, pero mis músculos responden. No me puedo relajar. Me sobresalto ante el menor ruido y ahora, mierda, tiré un florero y desparramé toda el agua. Si ella viniera y yo pudiera verla. Entonces terminaríamos con todo esto. Yo podría convencerme.
Los primeros días en lo de Abby los pasé durmiendo. Tuve sueños largos y vívidos con Helen, de nosotras dos haciendo el amor, de quedarme dormida en sus brazos. Soñé con su pelo, con el olor de su piel, con la sensación de su lengua. Yo no había planeado dejarla. Por cierto que no había planeado alejarme.
Durante esa primera semana, Abby raramente me dejó sola. Me impidió hablar por teléfono y atendía ella cuando Helen por fin averiguó dónde estaba yo. Una mañana me desperté escuchando una discusión en la puerta principal. Logré llegar a tiempo a la ventan como para ver a Helen caminando furiosa por la calle. Empecé a vestirme a toda velocidad pero ahí estaba Abby deteniéndome mientras yo la maldecía por se tan insensible, por no entender, por hacer enojar a Helen, por querer que yo estuviera sola. Ella me escuchó hasta que terminé de hablar, hasta que tuvo la certeza de que no me iba a ir y después se fue a preparar el desayuno para las dos. Estuve disgustada la mayor parte del día. Abby se quedó conmigo.
Ya está todo guardado salvo esta última caja con libros. Se acaba de abrir la puerta de abajo y alguien está subiendo las escaleras. Y ahora hay una llave en la cerradura. Voy a terminar antes de que ella entre.
* Este texto pertenece al libro Dykeversion: Lesbians Short Stories, Women´s Press, Toronto, Canadá, 1986. Traducción de Alejandra Sardá, 1995.
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3. Revelar el secreto: diarios 1982-1984 (1)
Marzo, 1982
Cuando tu pareja te pega cuando tu pareja te pega cuando tu pareja te pega
los moretones no se vuelven metáforas los poemas no curan nada
05/09/84
Recuerdo muy claramente cómo busqué en las librerías de mujeres aunque fuera una palabra, alguna mención del maltrato entre lesbianas. Me hubiera conformado con cualquier cosa, con dos líneas en “Plexus” (un diario de mujeres de San Francisco) o en “Gay Community News” (un diario lésbico/gay con sede en Boston) me hubiera bastado. Estaba desesperada por encontrar algo que me validara, por una demostración de que yo no estaba sola, algún pedacito de algo que me sirviera para explicar lo que estaba sintiendo. No, no era eso no necesitaba que me lo explicaran; necesitaba que me permitieran sentirlo.
Eso fue hace sólo dos años. Después de un año de silencio, las “pruebas” comenzaron lentamente a aparecer. Un cartel en la librería “A Woman s Place” invitando a participar de un grupo de apoyo para víctimas de maltrato entre lesbianas. El artículo de “Coming Up” (un diario gay de San Francisco) que intenté leer mientras volvía de San Francisco a casa, inmovilizada por un embotellamiento de tránsito sobre el puente, a la hora pico. El artículo de primera página en “Gay Community News”. Me siento aliviada al ver que se está hablando de esto, que se lo reconoce, como si colectivamente la comunidad estuviera dejando salir afuera un gran secreto (y eso refleja mi propio proceso de comenzar a dejar salir afuera mi secreto. Pero también me siento resentida: ¿por qué y tuve que pasar por todo eso sola, por qué no había nada disponible cuando yo lo necesitaba?
Y ahora esta oportunidad de contar mi historia. Pero cuando pienso en escribir mi “narración personal”, la historia me viene en fragmentos. Me vuelven pedacitos de mis antiguos diarios. Fragmentos de recuerdos. Parece que ésa es la manera de encarar el asunto. Aplicarle una forma lineal a este contenido no parece ser lo adecuado.
12/09/84
La otra noche volví a leer algunos de mis viejos diarios, me senté en la cama a la 1 de la madrugada y los leí. Allí esta todo. Todos los estadios tortuosos, contradictorios por los que pasé. Puedo soportar leer acerca del dolor emocional/psíquico, pero todavía me duele ver mi propia negación de las cosas, mi negativa a sentir bronca, y cómo me aferré a las sensaciones de pérdida y a la urgencia de lograr una reconciliación. No quiero aceptar esa parte mía –o parece que no puedo aceptarla, aunque estoy intentando aceptarme/ amarme/ perdonarme por primera vez en mi vida, aunque estoy intentando ser tierna conmigo misma. ¿Por qué perdonarme? A veces todavía hablo como si yo hubiera sido la maltratadora y no la víctima. Todavía me culpo por haber amado a X después de lo que pasó. En ese momento yo también hubiera querido que el amor se auto-destruyera inmediatamente, que se desvaneciera a la mañana siguiente.Todavía me siento culpable de escribir estas palabras.
Domingo 15/03/82, 22:30 Hs.
¿Cómo hago para empezar a escribir acerca de esta pesadilla?
X me pegóX me pegóX me golpeó en la cara. Me ahorcó.Me tiró del pelo. Me retorció las muñecasMe llenó los brazos de moretones.
Y verbalmente me maltrató durante 3 horas, 4 horasMe amenazó con matarme a patadasSi volvía a decirle que se fuera de mi casaSi se lo contaba a alguien. Si volvía conRefuerzos.
No me dejó salir de la cama. No me dejó irme. Fue un monstruo. Un monstruo loco, enfermo y sádico.
El asco y el desprecio y el odio en su rostro cuando me imitaba, cuando me escupía cada palabra dicha en momentos de confianza, cada gesto íntimo. Diciendo que la maltraté, que me tiré encima suyo. Imitando mis “besos y caricias opresivas”. Mostrándome cuánto le desagrado. Maltratándome emocionalmente por odiarme a mi misma! Diciendo que yo era una cloaca y que por eso elola no me soportaba. Mis quejas sobre mi persona, mi escritura, mi trabajo. Gritándome al oído. Dice que no se va a ir de la casa. Se va a quedar durante 3 semanas, va a cortar la cama por la mitad, va a matar a las gatas. Tomó del cuello a una de la gatas. Le di una cachetada. Me odió por tenerle miedo. Se burló de todo lo que yo hacía. Me acusó de cosas que jamás hice.
Todo. Escupió sobre todo. En un momento estuvo a punto de escupirme en la cara y se rió cuando me vio cubrirme con el brazo.Tengo que sacarla de mi casa.
Fue como si no hubiera podido lastimarme lo suficiente. Más y más y más. EL volcán hizo eclosión.
Habló de su amor por mi. El amor y el odio. De cómo no tenía intención de lastimarme!
A eso de las 22 hs. Se durmió. Esperé gasta estar segura de que se había dormido y lugo me puse las primeras ropas que encontré, tomé mi bolso y salí corriendo. Durante un segundo pensé si debía llevarme a las gatas o no, pero supe que no tenía tiempo. Le pedí a la diosa que las cuidara. Manejé a la mayor velocidad que pude hasta la casa de P., temblando todo el camino.
Sigo buscando dentro mío algo que me alivie, intentando recordar quién es la persona que puede consolarme. ¿Quién me falta? La buena X. Pero la buena X no existe. Ella es ésa que es. Nada sagrado. Todo lo que hice o dije. Y si Y sí ella dijo que podía decir cosas que me devastarían.Una pesadilla. Me siento traumatizada y atrapada. Debo seguir recordando que algún día no voy a sentir este dolor. Dios, me duele. Y también estoy tan aturdida.
Tengo que encontrar la forma de sacarla de mi casa.
Nunca me he sentido tan sola
Por qué me está haciendo esto
Cómo puedo salir de esto. Cómo.
29/09/84
Mirando hacia atrás es fácil ver que lo que sucedió ese domingo a la mañana fue apenas una expresión física del maltrato que había venido ocurriendo continuamente a nivel verbal.Llevábamos 9 meses juntas cuando se produjo ese incidente y en todo ese tiempo había habido más de 30 episodios de maltrato verbal/emocinal. A esos episodios yo los llamaba “las explosiones de X”. Con frecuencia lo que las desencadenaba era algo sin importancia -un malentendido o una falla en la comunicación entre nosotras, algún incidente de su vida que le produjera tensión. Sucedían luego de un período de intensa cercanía e intimidad entre nosotras (lo que en el principio de la relación me llevó al error de creer que me encontraba frente a una mujer que tenía problemas para acercarse a alguien en forma muy íntima y que eso era todo). X estaba casi siempre borracha o drogada durante esos episodios. ¿Y cómo eran? Horas y horas de gritarme, de rebajarme, de acusarme de cosas que no había hecho, de decirme que me iba a dejar, de mencionarme todas las cosas mías que detestaba, todos mis defectos. Me gritaba hasta hacerme llorar y luego me seguía gritando y se burlaba de mí por llorar.
La mayoría de las explosiones ocurrían en situaciones donde a mí me era difícil escapar -en mitad de la noche, en cuartos de hotel, estando yo en casa de X y demasiado borracha o cansada como para irme a mi casa, estando ella en mi casa y negándose a irse. A veces yo elegía quedarme, me sentía inmovilizada. En esas ocasiones, participaba del conflicto e intentaba defenderme o negar sus acusaciones. Lo que me hacía quedarme, ahora lo sé, era la negativa a aceptar la realidad de su furia y la insistencia en ver todo el proceso hasta que cambiara. La negativa a irme hasta que “La X mala” se fuera y “la X buena” regresara.
Me resultaba imposible reunir las dos imágenes incongruentes de X. Me aferraba a la imagen de “la X buena” como si “la X mala” fuera una ilusión, como si la maltratadora fuera un producto de mi imaginación. Era fácil aferrarme a la ilusión de que ella en realidad era cálida, tierna y gentil dado que después de cada explosión aparecía una X arrepentida, que pedía disculpas y juraba no volver a hacerlo jamás. Qué peligroso resultó para mí el dividirla así. Fuera cierto o no que ella tenía dos facetas completamente diferentes, era una persona única. Y esa persona única era la que estaba maltratándome.
A medida que fue pasando el tiempo, las explosiones de X se hicieron más frecuentes y se fueron acercando cada vez más al maltrato físico. Me decía cosas como “tengo ganas de clavarte un cuchillo en el pecho”; me tiraba sobre la cama de un empujón; cada vez más parecía como si fuera a golpearme. Y una noche efectivamente intentó ahorcarme, poco después de que nos hubiéramos mudado a California. Estábamos en casa de P., en un dormitorio, justo al lado el que ocupaban P. y su pareja. Pero yo no pedí ayuda. ¿Qué era lo que me mantenía en esa habitación? ¿Qué me impidió ir a buscar a mis amigas en ese mismo momento? ¿Qué fue lo que me mantuvo dentro de esa pesadilla? ¿Qué es lo que hace que cualquier mujer permanezca en una pesadilla semejante?
10/01/84
Aun cuando las cosas “iban bien” entre nosotras X estaba llena de ira. No siempre estaba dirigida a mí. Ella destilaba odio hacia la gente blanca, hablando como si yo no fuera parte de ese grupo. Había un yo y un ellas/os. Yo era diferente. Pero durante las explosiones, yo me convertía en una de ellas/os. Me llamaba chica blanca, decía que odiaba mi culo blanco, etc. Cuando nos reconciliábamos, decía que en realidad no había querido decir esas cosas. Y así iba y venía. Una parte de mí le creía. Pero había otra parte que también actuaba. Fue mi primera relación interracial. Yo estaba comenzando a tomar conciencia de mi propio racismo y sentía en ese momento que debía escuchar todo lo que X decía sobre la gente blanca. Que yo era en realidad responsable por el racismo que ella había sufrido y que por lo tanto me merecía escuchar todo eso y exponerme a su furia. No estoy muy segura de cuánto de todo esto operaba en el resto de la relación. Pero sí sé que incluso después de que ella me hubiera maltratado físicamente yo, como mujer blanca, no me permití jamás siquiera pensar en llamar a la policía para denunciar a mi amante negra.
Lunes 15/03/82. 9:30 de la mañana
Escribir hasta que el dolor se vaya. Escribir mi corazón roto hasta que se deshaga. No puedo tolerarlo, quiero dejar de sentir. Quiero dejar de existir durante un largo tiempo y luego volver y que todo haya terminado. Quiero que alguien se lleve este dolor. Quiero que me acunen. Quiero cualquier cosa menos esto. Ella lo tuerce todo, todo lo da vuelta, diciendo que yo actué mal, que yo la traté mal, que la traté como a mierda porque vine con P., porque le pedí que se fuera de la casa. Me dijo: “se que actué mal, pero te llamé al trabajo y te lo dije; dije que quería que habláramos esta noche, le di de comer a tus gatas de mierda. Me preguntaste si me iba a poner violenta y te dije que no”.
Lloró y gritó. Está furiosa porque no confio en ella. Apenas comenzó a gritar, P. me sacó de ahí.
Estoy harta de esperar, de tapar mi furia y mis sentimientos. Estoy podrida de toda esta mierda. 4 horas de maltrato, de abuso y no fui capaz, ni me “permitieron” defenderme. Y ahora estoy esperando entrar en mi propia casa.
No siempre voy a sentir este dolor. No siempre voy a sentir este dolor. No siempre voy a sentir este dolor. Es mi único consuelo. Algún día esto va a ser pasado. Algún día le voy a cerrar mi corazón. Algún día me voy a recuperar. Algún día me voy a curar. Algún día me va a amar. Algún día voy a volver a confiar. Algún día este dolor se va a ir.
Debo cerrarle mi corazón. Y luego curarlo. Voy a necesitar mucha ayuda. Necesito terapia. No puedo siquiera imaginarme volviendo a tener una pareja. No puedo siquiera imaginarme sintiéndome bien de nuevo.
Me siento como una víctima de violación.
10/09/84
Anoche, pese a lo agotada que estaba, me quedé despierta y leí hasta la última palabra del artículo de “Coming Up” sobre el maltrato entre lesbianas y volví a lamentar que no hubiera existido un artículo así cuando yo le necesitaba. Volví a leerlo con mucho cuidado para asegurarme que de verdad yo fui maltratada (¿cuándo voy a dejar de dudarlo? ¿por qué lo dudo?).
Estaba pensando cómo nadie reconoció de qué estaba hablando yo cuando les describía las “explosiones” de X. Creo que sólo C. (mi terapeuta anterior) vio lo que estaba pasando, mucho antes de que yo lo supiera conscientemente o quisiera verlo. Ella fue quien me preguntó si yo sentía que X. Quería golpearme. Ella fue la que me dijo, en respuesta a mi cometario de que me sentía como una mujer golpeada: “lo sos”. Mis amigas no lo vieron, si lo hicieron, no me dijeron nada.
¿Qué hubiera hecho yo si alguien me lo hubiera dicho?
17/03/82
C. me llamó esta mañana y me preguntó: “En una escala de 1 al 10 ¿cómo estás?”.
Le dije “2”.
X. llama y vuelve a pedir perdón. “Lo siente mucho”. Va a “pedir ayuda”. “Ella” no
quiere que yo la odie. Y después se pone hostil: “Ahora debés estar contenta.
Tenés tu casa y no tenés que soportarme a mí”.
El mínimo tono de voz que me recuerde al domingo pasado me hace castañear los dientes.
C. dijo que tengo el permiso de que todavía me importe X. P. y J. Estuvieron de acuerdo. C. piensa que debo cambiar la cerradura.
22/10/84
Me enferma de veras el releer los diarios donde hablo de X. Tuve que interrumpir, salir de mi cuarto y venirme a la cocina, donde puedo recordarme que ya no estoy metida en esa historia. Es tan repugnante. ¿Cómo pude quedarme con ella? ¿Cómo pude permitirme pasar pos todos esos episodios de maltrato verbal, una y otra vez, y en el ínterin ver sólo mis ilusiones acerca de ella, creer sus disculpas, sus mentiras, etc.? No, te confieso que lo que realmente me asquea es que yo lo vi, lo supe, lo entendí –yo sabía que estaba siendo maltratada, sabía lo rayada que estaba X- y aún así elegí quedarme. Aún así la seguí queriendo. Es repugnante pensar que estuve tan desesperada por mantener esa relación.
Me aterra ver esa desesperación mía. ¿Adónde fue? ¿Sigue estando ahí? ¿Soy diferente? ¿Cambié? ¿Me curé? No me había dado cuenta de lo desagradable que iba a ser escribir esto. Ni siquiera puedo lograr pasar a máquina las partes en las que estaba fascinada con ella, “enamorada” entre un maltrato y otro. Es humillante, vergonzoso. Yo amé a alguien que me dijo que yo era un pedazo de mierda. ¿Quién quiere admitir algo así?
Siento que quiero limpiarme, que me pase un haz de luz por todo el cuerpo, ir a un sauna y transpirar. Sacar todo esto afuera.
18/03/82
Siento que estoy cayéndome a pedazos. Parece que perdí mi furia –o que la puse en el lugar equivocado. Después de haber llorado cuadras y cuadras mientras caminaba, ahora me estoy embotando los sentimientos con vino y comida. M. Me preguntó por qué me lo estoy tragando todo. Por miedo, supongo. Siento que voy a enloquecer de dolor. Hoy quise morirme.
Sigo pidiendo permiso para extrañarla. Decime que no soy masoquista.
29/10/84
No puedo escribir este artículo. No quiero volver ahí, no quiero hacer el viaje hacia ese tiempo, ese dolor, esa fealdad. Cuando leí lo que escribí hace poco en mi diario, me dí cuenta de que no quiero seguir culpándome o rebajándome por haber estado en esa situación. Yo no me permitiría culpa a otra lesbiana que ha sido víctima de maltrato, ¿por qué culparme a mi misma, entonces? Estuve ahí, salí, sobreviví y aquí estoy casi 3 años después, lo suficientemente curada como para poder hablar del tema.O eso creía. Lo que estoy descubriendo a medida que hago esto es que hay un pedacito de piel en carne viva que está dentro mío y cuando más me sumerjo en este pasado, más me acerco a tocar ese pedacito de piel. Está vivo, está en carne viva, me sigue doliendo sólo está oculto debajo de la piel.
Hay una pregunta a la que me sigo acercando, cierto punto al que me arrimo pero cuando llego al borde de tocarlo, me retiro. Es algo así: todos estos años de odiarme a mi misma, de vivir en esta cultura que odia a las mujeres, ¿harán que me resulte imposible dejar de sentir alguna vez que yo me equivoqué en algo y que por eso me pasó lo que me pasó? ¿Alguna vez podré amarme lo suficiente como para saber y creer de verdad que no hice nada para merecer tanto maltrato?
19/03/82
Bronca y dolor. Furia y tristeza. Cómo se atrevió a arruinar mi nueva vida.
“Nunca te voy a engañar, te lo prometo”. Ninguna de sus promesas eran verdad.
Todavía siento y es algo intuitivo, que ella cree que yo me merezco su furia. Voy a encontrar la mía, mi furia y me voy a apartar de ella.
27/11/84
Lo que me impacta de volver a leer mis diarios antiguos, los de los meses siguientes al maltrato físico, es que yo sufría tremendamente pero nunca le atribuí mi depresión al hecho en sí. Ni siquiera hablé de eso. Estaba profundamente deprimida, con el sueño y la alimentación alterados, con fantasías de suicidio, desesperanzada, pero mi única obsesión, página tras página, cuaderno tras cuaderno, era cuánto extrañaba a X. y cómo quería tenerla de nuevo conmigo. Es impresionante. Es como si lo otro nunca hubiera sucedido. Hice el duelo por haberla perdido como si hubiera sido la mujer ideal. Cuando me enojo –y por momentos sucede- es porque ella comenzó a salir con otra, o porque prometió llamarme y no lo hizo, etc. Sorprendente. Y atemorizador. El mismo tipo de negación que me mantuvo en la relación durante todos esos meses siguió operando y me hizo desear la relación aún después de que ella me hubiera maltratado físicamente.
Oh, encontré la respuesta a mi pregunta de qué hubiera hecho yo si una amiga me hubiera abierto los ojos acerca de la verdad de la situación: nada. Está ahí, en los cuadernos. G. me llamó y me hizo todo un discurso acerca de cómo yo me estaba aferrando a una pareja maltratadora. Me dio energía en el momento pero luego volví a obsesionarme. Mi nueva terapeuta intentó sacudirme para que saliera de eso, pero yo me enfurecí con ella cada vez que me recordó que X me había golpeado. ¿Qué significa todo esto? ¿Será necesario pasar por esa etapa de negación, o mejor dicho, es inevitable? ¿O será que es necesario un tipo especial de terapia para abordar ese trauma particular, una terapia que pueda ayudarte a atravesar la negación más rápidamente? Por lo que yo sé, tal vez haya personas que estén haciendo ese trabajo con víctimas de maltrato. Yo hubiera deseado no tener que pasar por tantos meses de dolor mal dirigido. Hubiera deseado hacer el duelo por mí misma.
28/11/84
Acabo de leer mi borrador de este artículo. ¿Qué siento ahora que estoy a punto de escribirlo a máquina y enviarlo al mundo? Muchas cosas. La primera es vergüenza. No puedo superar esa sensación. Me obsesiona decidir si voy a usar mi verdadero nombre o no. ¿Por qué me asusta que la gente sepa esto de mi? Porque hay una parte mía que todavía siente vergüenza de que alguien me haya tratado como basura. Si me hubiera atacado en la calle un desconocido, ¿me sentiría diferente? No sé. Ni siquiera puedo empezar a pensar en la posibilidad de que mi familia vea esto. Todos los años que pasé convenciéndolas/os de que mi estilo de vida era válido y positivo... Bueno, ése es el punto crucial del asunto para la comunidad lesbiana, ¿no es cierto? ¿Quién quiere admitir que puede haber algo malo en las relaciones lésbicas?
También siento que estos fragmentos de mi diario sólo cuentan una parte minúscula de la historia. Con 10 páginas no es suficiente. Tengo miedo de haber dejado afuera algo muy importante que es precisamente lo que alguna mujer necesitaría leer.
Pero luego aparece en mí otra voz que dice: Con contarlo ya es suficiente. Con contar cualquier parte de la historia ya es suficiente. Con haber sobrevivido ya es suficiente. Con haber crecido y haberlo dejado atrás ya es suficiente.
Tengo que seguir recordándome a mí misma que yo he cambiado y mi vida también. Tengo ahora una relación positiva, de cuidado. Me trato con mucho más respeto y más amor del que solía tenerme. Es un proceso continuo. Todavía tengo mucho odio contra mí misma sobre el cual trabajar. Pero he aprendido a amarme lo suficiente como para saber, creer y confiar en que nunca voy a volver a estar en una relación de maltrato.
Este texto pertenece al libro Naming the violence, Speaking Out About Lebian Battering, Kerry Lobel edit., The Seal Press, Seatle WA, EEUU, 1986. Traducción de Alejandra Sardá, agosto de 1995.